Ciudad de México. Cuando se escuchó el bramido de los caracoles, los celulares fueron más veloces que las miradas. Un paisaje de manos levantadas con aparatos que grababan el inicio del espectáculo nos recordaron que esto era la inauguración del Mundial de 2026 en el estadio Ciudad de México y no una ceremonia de 1986 o 1970. Es el tercer campeonato que arranca aquí, pero sólo durará el suspiro de 13 partidos. Anfitriones sólo por un momento y, después, un espectador más.
Esta inauguración no podía ser como antaño, porque todo ha cambiado. Antes los números musicales de las aperturas se podían confundir con un promocional de la Secretaría de Turismo. Los tiempos que corren exigen que todo sea espectacular y descomunal, explosivo si se puede. Y en el centro de la cancha, desde las entrañas de un escenario dorado, emergió un monumental trofeo de la FIFA. Las siglas del organismo del futbol de pronto se desplazaron desde lo alto del estadio, como un tótem de oro, para coronar la escena en el centro del campo.
Y empezó aquello que parecía más un show como los que acostumbran los deportes globales de hoy en día, algo que parece más un concierto masivo que un simple aperitivo de bienvenida para un torneo. Entonces apareció Maná y todo se estremeció, los tapatíos son ídolos en su patria, ni quien lo discuta. No podían faltar tampoco los bailarines con atuendos que se suponen prehispánicos y las faldas para el zapateado, aunque esta vez no zapateaban, sino que “perreaban” mientras Danny Ocean cantaba Partidazo. Siguió una efímera Belinda y tras un preámbulo de botargas de Labubus --esos monstruos de peluche que se cuelgan en las mochilas de los adolescentes--, J Balvin llegó a calentar el escenario antes del momento estelar: Shakira con el tema del Mundial. Ella es la figura más importante de este show, ningún cantante latinoamericano tiene más proyección planetaria ni tiene sus antecedentes mundialistas: fue la intérprete del tema de Sudáfrica 2010 y la afición lo recuerda.
Por todas partes se recuerda que todo ha cambiado tanto desde el último Mundial que se inauguró en este estadio en 1986. Las tecnologías son otras, inimaginables si nos remontamos cuatro décadas atrás, los hábitos y la atención de las audiencias también se han fragmentado. Pero algo parece mantenerse intacto: al aficionado mexicano le gusta el relajo cuando está en bola.
Fuente : La Jornada




