Un viaje urbano en los destartalados micros en la ciudad más desordenada del Globo Terráqueo

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EL ALTIPLANO

Escribe: Héctor Alfredo Cano Cáceres.

Héctor Alfredo Cano Cáceres

Héctor Alfredo Cano Cáceres

Un viaje urbano en los destartalados micros, combis o cualquier otro armatoste, en la ciudad más desordenada del Globo Terráqueo, es simplemente un martirio. Un suplicio que le puede pasar a cualquier hijo de Adán. Es que el sistema de transporte en Juliaca es simplemente primitivo, salvaje. A falta de autoridades, los empresarios hacen de las suyas. A río revuelto ganancia de pescadores. Cuando uno sube, por desgracia a estos vehículos, que por cientos y quizás miles se movilizan por el entrevero urbano de la “Ciudad”, hay que resignarse a viajar apretujados como salchichas. El cobrador manda. Grita desaforadamente. El chofer secunda al mozalbete que cree ser dueño del mundo en esa antigualla. El conductor es un desaliñado, sucio, prepotente, matón y mal criado. Posiblemente adquirió el brevete, en una rifa o lo compró de la mafia. Es un energúmeno en pocas palabras. Las combis son como gallineros rodantes, nadie respeta a nadie. Sálvese quien pueda. Hay que engancharse en algún pasamos, si existe. Unos sobre otros, no queda sino pujar duro. Yo experimento casi todos los días esta Odisea. Un buen día, no había otra alternativa. Tuve que subir a uno de estos viejos y vetustos vehículos motorizados. Se adormecieron mis piernas. Una señora, ya jamona, se cruzó por sobre mi frágil cuerpo. Era una macetona, macuca con más o menos veinte polleras y cien kilos de peso. Se sentó prácticamente a la altura de mi vientre y el estómago. Para mi mala suerte, rato antes en el llamado Mercado Internacional, me engullí un estofado de llama. NO pude más. Me cagué, porque la presión que ejercía esa Doña aparentaba tener un motor hidráulico en los traseros. Otro escolar de siete años aproximadamente, en medio de este torbellino de gente perdió la noción del tiempo y del espacio. Se bajó diez cuadras más abajo de donde debería viajar. Magullado, el pobre casi doblado en tres, aplastado como un batracio quedó aturdido en la vereda., No sé si llegaría a su colegio. Estaba grogui.
En Juliaca el Alcalde y compañía son unos borregos, dignos de la antología más procaz de la incapacidad. Fueron elegidos por el pueblo; pero por un pueblo miope, cegato. Emitieron un voto inconsistente. Es el escuálido nivel político. Es la ignorancia en todo su esplendor. No por culpa de estos hermanos llegados del campo a la ciudad. La culpa de todo este zafarrancho, lo tiene este sistema, donde la brecha entre ricos y pobre se ha ensanchado en las últimas décadas. A los jóvenes del campo, no les queda sino emigrar a las ciudad para poder sobrevivir. No hay aliciente para la agricultura. Con un sistema arcaico legado por nuestros antepasados incas, nadie podría pedir que refloten el agro, la ganadería cuando hay un Estado discriminante, elitista, excluyente. Este desorden, es simplemente secuela de todo este panorama Capitalista salvaje. Política neo liberal cruel con rostro de demonio.

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