Me guiñó el ojo izquierdo; Tenía una sonrisa tentadora

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EL ALTIPLANO

Héctor Alfredo Cano Cáceres

Héctor Alfredo Cano Cáceres

Me guiñó el ojo izquierdo. Tenía una sonrisa tentadora. Blancos sus dientecitos, parecían de leche. Me atrapó con su mirada, un tanto lujuriosa. Pensé un rato. Me dí cuenta que en este País, no todos disfrutan de ese crecimiento del que tanta algazara hacen los economistas, agaché la cerviz y seguí mi ruta. Estaba en un Mercado de abastos de la Ciudad comercial “por excelencia”. La Ciudad de los vientos. Era una carnicera de más o menos 25 años. Vendía esa rica carne, de ovino, fruto bendito de esta tierra altipampina.
Logré que me vendiera un par de kilos de esa sabrosa carne sin la cual no puedo vivir, porque desde muy tierno, en Nuñoa, adapté mis apetitos y hasta mi dentadura, a la carne. Divina tentación, sea de ovino, de res, de llamita o simplemente de algún mamífero el Altiplano.
Sucede que la dama en mención, trozó la carne con sus frágiles manitos, y me dijo: ” Toma gordito precioso, son dos kilitos. Es una carne tiernecita, como para tus dientes gastaditos. Llévate este rabito de yapa. Son 28 soles, que no significa nada pata ti mi amor, mi caramelo”. Quedé estupefacto por el trato que imprimía esta dama a un cliente.
Luego, emprendí el regreso a mi casa y en el trayecto me topo con otra carnicera,
que contaba con una balanza electrónica, de esas modernas. Ven paisano mío, “me has sacado la vuelta. Pero no me molesta. Espero que tenga el peso legal y la calidad A-1, como suelo venderte- puntualizó la jamona-” se dispuso a pesar los dos kilos de carne en su balanza electrónica y nos dimos con la ingrata sorpresa de que le faltaban 500 gramos.
Esa es la conducta de algunos comerciantes en Juliaca. Tienen y deben sacarle montera a su mercancía a cómo de lugar. Muchas veces confundimos las cosas. A esto los políticos, autoridades que tienen alma de franela, les dicen: son Emprendedores. Hoy pequeños comerciantes, mañana grandes empresarios. Esperanza de la patria.
O sea que esta carnicera, me mostró sus dientes de leche. Me sedujo con su sonrisa tentadora, me jaló como un imán a sus querencias, para robarme 500 gramos en dos kilos de carne de ovino. Estoy decepcionado de esa “casera” . He jurado por todos los santos, nunca más acercarme a su puesto de venta. Así me muestre algún sitio de su adorado cuerpo donde el sol no llega.

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