Mi paso por la SUNAT nunca olvidaré que fue un día lunes

Héctor Cano Cáceres.

EL ALTIPLANO

Escribe: Héctor Cano Cáceres.

Héctor Cano Cáceres.
Héctor Cano Cáceres.

Mi paso por la SUNAT, nunca olvidaré. Fue un día lunes. Me encaminé hacer una gestión personal. Había una ventanilla con cuarenta usuarios que hacían cola. Estuve parado 40 minutos en esta bendita cola. Por fin Llegué a mi destino. Una ventanilla burocrática. Al acercarme, simplemente me quedé petrificado. Me atendió una señorita, que era una belleza indescriptible. Tenía los ojos de azabache, tiernos, una mirada lujuriosa, dominante, impresionante. Sus labios eran dos fresas jugosas, aptas para el consumo humano. Una Venus del amor. Cuando apenas escuche su voz, parecía una tierna palomita, salida del cascarón, vocecita suave apenas perceptible, como la brisa que sopla a las diez de la mañana en el Lago Titicaca.
Me entregó un papelito con el número de mi turno y me dijo que tomara asiento, reiterándome que no me quedara dormido y que debía estar atento al cambio electrónico para que me atiendan. Había perdido 40 minutos en la cola y ahora estaba condenado a esperar no sé cuánto tiempo más. Lo cierto es que a mi lado, había una matrona, vestida a la puneña, que roncaba como una burra vieja, lanzaba unos aullidos espectaculares. Cerré los ojos, para no ver tanto sufrimiento de los usuarios y me quedé dormido. Luego de una hora, un señor me movió el brazo y me dijo que ya me tocaba el turno. Di un salto y ya estaba en otra ventanilla. Estaba frente a una muñeca. Su carita rosada, ojos de vicuña y unos labios ingenuos que me atolondraron. Era morena como el pan. Sus dientes parecían de leche y sus deditos llenos de alhajas. Su voz blanda, un susurro. Me preguntó que cual era mi problema y que hacía durmiendo en la silla.
En el sistema encontró mi nombre y me dijo que no era nada grave. Que no tenía mansiones compradas a nombre de mi suegra. El Problema era mi Dirección Exacta. Me entregó otro papelito. Entre lo que estuve parado como burro, que duró 40 minutos, más la pernoctada en la silla junto a la veterana que roncaba, habían pasado 130 minutos. Hay que agregar el inclemente interrogatorio a que fui sometido, por este manjar, sumaban en total 180 minutos. Me mandó donde un concesionario. La Tercería en el Perú parece que es obra del demonio. Todo es concesionado, hasta los escusados… Toqué la puerta de esa oficina en el Pasaje y salió una señorita, ya jamona. Unos treinta abriles. Tenía un caminar de gacela muy fina, con trencitas y pelo negro. Una mirada misteriosa. Un cuerpo de Artista de Telenovela. UN monumento que me dejó con la boca abierta. Me dijo que ojalá tenga suerte, para que verifiquen mi domicilio legal, porque hay otros que están penando seis o siete meses, reiteró la chancaca. Me puse a pensar en la corrupción que corroe este pobre Perú, donde el que pierde es el usuario. En total, perdí ese lunes cuatro horas con sus minutos, para hacer una gestión, que si esta burocracia fuese inteligente, todo ese tiempo lo acortaría a la mitad. Cuántas horas-hombre se pierde. Vaya burocracia del diablo.

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