Juliaca es un caos; Anarquía por todos los lados

Héctor Cano Cáceres.

EL ALTIPLANO

Escribe: Héctor Cano Cáceres.

Héctor Cano Cáceres.
Héctor Cano Cáceres.

Juliaca es un caos. Anarquía por todos los lados. Verbigracia: la calle principal que recorre de sur a norte, Mariano Núñez, es una de las principales vías de acceso y salida de la cuidad de los ventarrones. Entre el Jirón San Martín y Jorge Chávez, la cosa es denigrante, en la acera izquierda están los comedores ambulantes. Chicharronerías, juguerías, vendedores de todo tipo de cachivaches. En el lado derecho, han tomado por asalto los triciclistas, moto taxistas y ni Cristo los mueve. Están allí, impávidos y felices, porque saben que en Juliaca, la Ley o los Reglamentos son la última rueda del coche.
Los semáforos irónicamente colgados como falos, cada cincuenta metros, adornan curiosamente ese entrevero y pandemónium de la ciudad. La policía de tránsito, vagabundea por esas cercanías con silbato en boca, como pidiendo a Dios que acabe este infierno y no jodan más. Todos se zurran en los benditos semáforos. Las reglas de tránsito se lo meten a las «cuatro letras» Es una convulsión catastrófica el centro de la ciudad. Cada quien cuida su vida. Nadie está exento de sufrir una cepillada en los traseros o morir, como un triste batracio, estirado en el pavimento de cualquier calle, de la ciudad del desorden.
Mientras el Alcalde no se sabe dónde se encuentra. No es habido. El Judío Errante, posiblemente en Lima o en algún lugar del planeta, menos en su ciudad. Este peregrino, «siete suelas» le ha causado daño irreparable a Juliaca durante casi ocho años de aberrante gestión. Pero no solo él. Este perjuicio histórico, es obra también de toda su corte. Esa hermandad no tan santa, que rodea al bribón. Culpable también son los regidores, que tienen una conducta ovejuna. Mimetizados y entremezclados con la inmundicia moral. Ahí está los once regidores, que pertenecen a distintos movimientos electoreros, que hoy como ayer, siguen hurgando las ubres del poder y que como una maldición, acompañan al inefable Mamani Paricahua. Los juliaqueños parece que cargamos, como la maldición de Sísifo, una piedra pesada por la loma de nuestros pesares, no sabemos hasta cuándo. Es consecuencia de tener alcaldes, regidores, funcionarios miopes, casi analfabetos, Una curiosa mezcla de trepones y reptiles, con una rata a la cabeza.

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